martes, 28 de mayo de 2013

El trino amarillo del canario


Los trinos amarillos del canario
Antonio García Velasco

El canario seguía en su jaula, con sus cantos ajenos al enredo que suponía la nueva situación: se había desplomado parte del techo de la casa y era necesario envigar de nuevo todo el soporte del tejado, El perito que fue a calibrar los daños había dejado claro que, antes o después, mejor antes, había que derribar toda la techumbre del edificio y reconstruirla con materiales adecuados.

El canario seguía con sus gorjeos, arrullos, canturías. "¡Para cantos estamos!", exclamó el hombre dándole un puñetazo a la jaula.

-Pero, hombre de Dios, ¿qué culpa tiene el pájaro de que el techo se haya caído por tanta lluvia?

-Me tiene harto con su murga y su monserga.

-No debes pagarlo con quien no tiene culpa.

-¿Lo pago con el hombre del tiempo?

-El pobre sólo se limita a anunciar lo que viene. Y la Naturaleza es así, o la casa estaba mal construida. O está vieja. O lo que sea. Lo cierto es que ha ocurrido y no tenemos otro remedio que aceptarlo y repararlo con resignación.

-¿Con resignación? Con dinero se arreglan las desgracias. ¿Y de dónde vamos a sacarlo?

-Tendremos que pedir un préstamo.

-Pero ni la situación ni los bancos están ahora para préstamos.

-No vamos a quedarnos sin tejado.

El canario, olvidado ya del susto provocado por el temblor de jaula, reanudó sus gorgoritos, sus trinos amarillos en honor de Lorca, sus canoros reclamos.

-¿Y tú por qué no te callas? -le gritaron al pobre pajarillo, tan ajeno al derrumbe de la estructura de la casa como a las voces que le dirigían exigiendo su silencio.
-Si el banco no nos presta, tendremos que recurrir a la familia –dijo ella.

-¡Quién de la familia está para préstamos?
-Entre todos. Cada uno lo que pueda. Tú le pides a la tuya, yo, a la mía.

-No veo ahí la solución.
-Pues ya me dirás qué hacemos.

El canario seguía cantarín aquella mañana, como si quisiera compensar el disgusto tenso que ensombrecía la casa. Pero no estaba el ánimo para detenerse en trovas ni filarmonías.
-¡Qué te calles! –le gritó el hombre en los mismos barrotes de la jaula. Retrocedió el pajarillo hasta el otro extremo, con revuelo de plumas y cascarillas de alpiste.

-Que el pobre pajarito no tiene culpa de nada.
-Me tiene desesperado.

-No es el canario, es la situación en la que estamos.
-De acuerdo, sí, lo reconozco. Pero no puedo más.

-Vamos a descansar un poco y ya veremos la mejor solución –dijo ella mientras lo tomaba del brazo y lo empujaba hacia la habitación.
Por fortuna, el derrumbe afectaba a la planta superior de la vivienda, una casamata del barrio llamado Ciudad Jardín, y dejaba aparentemente intactas las habitaciones de la planta baja. Pero el ánimo no estaba para relajamientos sino para zozobras. Vencieron las insistencias de la mujer, convencida de que las relaciones amorosas obrarían el milagro de calmar los ánimos y despejar la mente. En plenos efluvios de pasión estaban cuando acabó de derrumbarse el tejado, que derrumbó el techo de la habitación, que aplastó a la pareja, que hizo callar para siempre al canario de los trinos amarillos.

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