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martes, 6 de diciembre de 2016

Amor platónico


Amor platónico

Antonio García Velasco


POR aquellos años, construyeron los padres de la graciosa, hermosa, tierna Clarisa una mansión espléndida y él pensó que tendrían casi tanto caudal como ella hermosura. Era hija única y sería la heredera. "Pero soy un humilde monstruo de Frankenstein. Feo, deslavazado, lleno de burdos costurones... Imposible enamorarla. Imposible reproducir la historia de la bella y la bestia. Imposible entonar juntos canciones de amor... Me resigno... Y seguiré reconcomido por la tristeza hasta el fin de mis penosos días".


lunes, 19 de enero de 2015

De los cuentos que cuentas



Bonitos cuentos
Antonio García Velasco

Qué bonito es el cuento que me cuentas. Pero puedo creer en tu ficción, no en la realidad de lo que cuentas. Recuerdo aquel cuento que terminaba con “Puedo asegurar que es verdad y no es cuento lo que cuento en este cuento”. Así me suenan tus palabras. Un cuento por mucho que me jures que no es cuento lo que cuentas en tu cuento.

Juegas bien con las palabras, es cierto. Muestras ingenio y haces vibrar al auditorio. Que labia no te falta. Pero no nos engañes diciendo lo que queremos escuchar, a sabiendas de su imposibilidad, a sabiendas de que te estás quedando con nosotros en tu provecho.

Abusan del poder, es cierto. No hacen las cosas bien, lo podemos asegurar. Pero ello no garantiza que tu cuento no sea pura ficción, sin fundamento, sin posibilidad de realización. Y ciertos discursos ya los tenemos suficientemente oídos e ingenuamente creídos. ¿Qué le dirías a alguien que dijera: “Y vosotros los ricos, gemid y llorad ante las desgracias que se avecinan. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego”? ¿Qué tiene razón o que cuenta un cuento? Hace casi dos mil años que fueron dichas o escritas estas palabras y ni vestidos pasto de polillas, ni oro ni plata oxidados y si bien la riqueza suele estar podrida, su estiércol sigue dominando, desde que el mundo es mundo, aunque al principio fuese de otra manera. Y… ¿va a acabar la situación?

Lamentablemente, al estucharte, me tengo que acordar de León Felipe: “Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan solo lo que he visto. / Y he visto: / que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, / que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre… / ha inventado todos los cuentos”. Incluso el que ahora nos cuentas. O, mejor dicho, el que queremos escuchar cuanto tú hablas contándonos tu cuento. Una cosa es la realidad y otra el deseo, que bien lo dejó sentado Luis Cernuda.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad 2013



José emigrante
Antonio García Velasco

José, el diplomado en manipulación técnica de la madera, no tenía trabajo. Le acababa de nacer un hijo y, ante la amenaza del hambre herodiana, decidió emigrar al extranjero. Su esposa, María, le mostró sus temores:

-Es un niño demasiado pequeño para tan largo viaje…

-Peor es la amenaza del hambre herodiana. Son demasiados los niños que están muriendo de hambre, muchos más los que, por falta de recursos en la familia, sufren malnutrición. No quiero que nuestro hijo muera de hambruna. Con los pocos ahorros que tenemos, podremos viajar a Egipto. Este país está viviendo años de prosperidad… Están pidiendo especialistas como yo… Nos vamos, María, nos vamos. No me faltará el trabajo y nuestro hijo crecerá alimentado en condiciones.

-Lo que tú digas, José –se resignó María.

Comenzaron los preparativos del viaje: las bolsas con la ropa, el hatillo de la criaturita de tan pocas semanas, un par de zurrones con comida… No les quedaba otra alternativa que caminar. A ratos podrían ir, sobre todo la mujer con el niño, montados en la burrilla que tenían en casa. Emprendieron el viaje.

Un día pasaron por un huerto donde lucían las naranjas más jugosas… José y María se miraron, sin atreverse a coger una… Apareció el guarda o dueño del naranjal.

-Denos una naranja, buen hombre, que venimos muertos de sed.

-No veo –dijo el hombre-. Entre usted mismo y coja las que desee. Naranjas hay de sobra para mí y para mi familia. Cójalas de las más gordas, que son las más jugosas.

José fue a recoger un cesto de naranjas. Mientras tanto, María preguntó al hortelano:

-¿Qué le ocurre, buen hombre?

-No veo bien, apenas los bultos.

-Le daré un ungüento que llevo por si mi hijo lo necesita. Debe ponérselo de modo que le entre en los ojos. Mejor, permítame que se lo ponga yo.

María dejó al niño que llevaba en los brazos reclinado sobre unas pajazas del suelo. La burra, desde que pararon, se dedicaba a hurgar entra la maleza en busca de yerbas comestibles. La mujer se acercó al hombre y untó la pomada en sus ojos. Comenzaron a correr lágrimas por los lacrimales del ciego… Se restregó intensamente.

-¡Veo! –gritó al poco. Buena mujer, me has devuelto la vista. Gracias, muchas gracias.

En esto volvió José con su cesto repleto de naranjas.

-Muchas gracias, buen hombre –dijo al hortelano, que ya se alejaba corriendo y dando gritos de alegría.

-¿Qué le ocurre?

-Le he puesto el ungüento en los ojos y ha recuperado la visión… Supongo que va a comunicárselo a su familia.

-Debemos seguir el viaje –dijo José.

Y hacia Egipto continuaron. El marido, con su báculo, caminando. La mujer, subida en la burra,  con un bebé en brazos, huyendo de la hambruna que mata, como Herodes, a los inocentes. La pregunta siempre es la misma: ¿Mejorarían las condiciones de vida en un país extraño? Se arriesgan los desempleados a marchar lejos, adentrándose en lo desconocido, en busca de un incierto trabajo, su único medio de honrada supervivencia. Mientras, los ricos se refocilan en banquetes y orgías, nadando en una abundancia que no merecen, en una abundancia que las leyes y los gobiernos protegen frente a millones de parados. Faltos estamos de ungüentos que nos curen la ceguera. O acaso, la curan sólo a quienes ya poseen el don de la generosidad, la solidaridad, el sentido de la justicia. Como el hortelano de este cuento.

martes, 28 de mayo de 2013

El trino amarillo del canario


Los trinos amarillos del canario
Antonio García Velasco

El canario seguía en su jaula, con sus cantos ajenos al enredo que suponía la nueva situación: se había desplomado parte del techo de la casa y era necesario envigar de nuevo todo el soporte del tejado, El perito que fue a calibrar los daños había dejado claro que, antes o después, mejor antes, había que derribar toda la techumbre del edificio y reconstruirla con materiales adecuados.

El canario seguía con sus gorjeos, arrullos, canturías. "¡Para cantos estamos!", exclamó el hombre dándole un puñetazo a la jaula.

-Pero, hombre de Dios, ¿qué culpa tiene el pájaro de que el techo se haya caído por tanta lluvia?

-Me tiene harto con su murga y su monserga.

-No debes pagarlo con quien no tiene culpa.

-¿Lo pago con el hombre del tiempo?

-El pobre sólo se limita a anunciar lo que viene. Y la Naturaleza es así, o la casa estaba mal construida. O está vieja. O lo que sea. Lo cierto es que ha ocurrido y no tenemos otro remedio que aceptarlo y repararlo con resignación.

-¿Con resignación? Con dinero se arreglan las desgracias. ¿Y de dónde vamos a sacarlo?

-Tendremos que pedir un préstamo.

-Pero ni la situación ni los bancos están ahora para préstamos.

-No vamos a quedarnos sin tejado.

El canario, olvidado ya del susto provocado por el temblor de jaula, reanudó sus gorgoritos, sus trinos amarillos en honor de Lorca, sus canoros reclamos.

-¿Y tú por qué no te callas? -le gritaron al pobre pajarillo, tan ajeno al derrumbe de la estructura de la casa como a las voces que le dirigían exigiendo su silencio.
-Si el banco no nos presta, tendremos que recurrir a la familia –dijo ella.

-¡Quién de la familia está para préstamos?
-Entre todos. Cada uno lo que pueda. Tú le pides a la tuya, yo, a la mía.

-No veo ahí la solución.
-Pues ya me dirás qué hacemos.

El canario seguía cantarín aquella mañana, como si quisiera compensar el disgusto tenso que ensombrecía la casa. Pero no estaba el ánimo para detenerse en trovas ni filarmonías.
-¡Qué te calles! –le gritó el hombre en los mismos barrotes de la jaula. Retrocedió el pajarillo hasta el otro extremo, con revuelo de plumas y cascarillas de alpiste.

-Que el pobre pajarito no tiene culpa de nada.
-Me tiene desesperado.

-No es el canario, es la situación en la que estamos.
-De acuerdo, sí, lo reconozco. Pero no puedo más.

-Vamos a descansar un poco y ya veremos la mejor solución –dijo ella mientras lo tomaba del brazo y lo empujaba hacia la habitación.
Por fortuna, el derrumbe afectaba a la planta superior de la vivienda, una casamata del barrio llamado Ciudad Jardín, y dejaba aparentemente intactas las habitaciones de la planta baja. Pero el ánimo no estaba para relajamientos sino para zozobras. Vencieron las insistencias de la mujer, convencida de que las relaciones amorosas obrarían el milagro de calmar los ánimos y despejar la mente. En plenos efluvios de pasión estaban cuando acabó de derrumbarse el tejado, que derrumbó el techo de la habitación, que aplastó a la pareja, que hizo callar para siempre al canario de los trinos amarillos.
                                                                                         (Del libro AMORES Y TIEMPOS)




martes, 25 de diciembre de 2012


La pensión de expresidente. Cuento de Navidad 2012

Antonio García Velasco

A José García Pérez que el otro día celebraba mis cuentos cortos. Con mis deseos de Felicidad para todos.

Me lo encontré por Navidad. El que había sido presidente del gobierno de los recortes, la austeridad y el ajuste se quejaba ahora de que su pensión había disminuido tanto que no le permitía ni unas vacaciones con el Imserso en un hotel de tres estrellas. Es cierto que los tiempos han cambiado mucho desde que las políticas económicas están dirigidas por tecnócratas que sólo saben de cuadraturas de déficits y de protección de los intereses de los banqueros. Pero que el expresidente se queje, como el coronel de García Márquez, de que no le llega la pensión es ya muy preocupante,

Hay quien dice que tiene lo que se merece, que quien siembra ajustes y supresiones de pagas extras recoge cosechas de falta de liquidez en los bolsillos personales.

-Fíjate tú, me decía, que tengo un dolorcito aquí en el lado derecho, a la altura del hígado, y no me atrevo a ir al médico.

-¿Por qué? -pregunté extrañado-. La salud es lo primero.

-Temo que el copago me desequilibre el presupuesto de este mes y el de los venideros.

-¿El copago? -volví a preguntar como quien no sabe de qué va el asunto.

-Sí, bueno. Ya sabes. Hubo un tiempo, ¿quién gobernaba entonces, quién?, en que los ministerios, en vez de tratar de rebañar lo más posible para atender sus necesidades, competían por ver quienes contribuían más al ahorro del gasto público o era capaz de aportar más dinero a las arcas del estado. Hasta el Ministerio de Sanidad trató de recaudar e implantó el copago por asistencia médica, traslado al hospital de los enfermos crónicos, receta de medicamentos, etc. etc. Si voy al médico y me manda revisiones periódicas y tengo que ir al hospital, mi pensión no da para tanto. Y si, además, hay que pagar una parte de las medicinas... ¿Lo entiendes?

-Y, ¿quién gobernaba cuando eso ocurría?

-La verdad es que no lo recuerdo. Pero, sin duda, el que fuera había olvidado aquel artículo precioso de la Constitución de 1812 que decía "El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen".

-De esa Constitución hace ya mucho tiempo. Y, además, sólo estuvo en vigor un par de años.

Me miró sorprendido, como quien oye hablar a un extraterrestre. Y dio por terminada la conversación. Me deseo rutinariamente Feliz Navidad y se marchó con su paso lento, arrastrando los pies, renqueante, murmurando: "El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación. Y no, no me hacen nada feliz los políticos de hoy en día”.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Un cuento de Navidad

El cuento de la Navidad de 2011
Antonio García Velasco

Se cruzó de brazos y decidió no comprar nada, ni siquiera comida, para estos días festivos en los que se celebra el solsticio de invierno con una fiesta pagana que va más allá de la originaria que el cristianismo absorbió con la idea del nacimiento del hijo de Dios.

Han comenzado los días a alargar sus horas de luz y a acortar sus horas de tinieblas. Pero la lucha sigue entre los dos principios básicos que rigen la vida, el bien y el mal. Ignora qué es el bien, qué es el mal. Se ha sentado a esperar, como decía Manuel Machado, a “que la vida se tome la pena de matarlo ya que él no se toma la pena de vivir”, obnubilado por las luces de las calles, el reclamo de los comercios y una crisis galopante que muerde como la mala bestia. Y lo ha llenado de deudas.

La justicia divina se pierde en caminos inescrutables y la humana se tambalea según la presión del que defiende, el silencio o ignorancia de quien acusa o la conveniencia de las instancias político-económicas. “De verdad, de verdad, repite, que no pienso moverme de la silla, cruzado de brazos, por mucho que me insistáis”.

No está indignado. No se siente ni irritado, ni enfadado vehementemente contra nadie, contra ninguna decisión política, contra ningún mandamiento humano o divino. Está sólo decidido a permanecer de brazos cruzados hasta que alguien le explique para qué, por qué esta fiesta-crisis de gulas, desenfrenos y borracheras, disfrazada de celebración religiosa. O, quizás, espera a que pase de largo, olvidada en el comienzo de un nuevo año que también se espera muy difícil.

Si lo invitamos a comer, niega con la cabeza, apretando la boca. Decidimos, pues, consultar al especialista, neurólogo, psiquiatra. El diagnóstico es “depresión”, pero estamos convencidos de que su estado responde a causas mucho más profundas, mucho más inexplicables. Por eso no insistimos cuando se niega a tomar las pastillas recetadas, cuando mueve la cabeza ante la taza de sopa o leche caliente.

Pero, de cualquier forma, nos tiene desconcertados, preocupados, expectantes ante las medidas económicas que tomará para salir de la crisis y pagar las deudas que nos sobrevinieron sin comerlas ni beberlas. Por eso, tal vez, reniega de las fiestas y se consume sentado en la silla, cruzado de brazos. O, a lo mejor, sabe lo que todos nosotros ignoramos.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

UN CUENTO DE NAVIDAD

Un cuento de Navidad

Antonio García Velasco

Desde su perspectiva de hombre enamorado, ella era la mujer más hermosa del mundo. Sin embargo, desde el punto de vista de otro cualquiera, ella era… hermosa en extremo, posiblemente más que otra mujer del mundo. Estaba convencido de que ella lo amaba y, por tanto, su único temor era pensar que Dios pudiera elegirla para madre de su segundo hijo. Si bajara el arcángel a hacerle la anunciación de que concebiría por obra y gracia del Espíritu Santo, él se revelaría hasta el punto de renunciar a su fe y proclamar a los cuatro vientos la injusticia divina. No tenía madera de santo José y, ni por Dios, estaba dispuesto a renunciar a su amada, bella entre las bellas, hermosa como ninguna.

Cuando escuchaba hablar del hambre en el mundo, de la crisis económica afectando sólo a los que menos poseen, de las desigualdades entre ricos y pobres, de la corrupción y la miseria, de la maldad reinante, de la degeneración humana, de la indiferencia de los poderosos ante las enfermedades graves pero curables, de las flagrantes injusticias… cuando, en fin, oía afirmar que es la hora de una segunda venida del Mesías, se ponía a temblar, seguro de que Dios escogería para encarnar a su hijo a la mujer más hermosa de la tierra, y esa era ella, su amada. Y como la quería por encima de todas las cosas, terrestres o celestiales, chabacanas o sublimes, no estaba dispuesto a renunciar a su amor. No se resignaría como San José, pobre hombre, impresionado porque su desposada había sido elegida por la Divinidad como madre del Redentor. Por buenazo, aceptó complacido, protegió a María contra las habladurías y fue como un padre terrenal para el hijo de Dios. Él no estaba dispuesto a semejante sacrificio. Incluso, a veces, siendo partidario de la vida y respetuoso con los no nacidos, hasta se daba en pensar que, si a Dios se le ocurría engendrar en su amada, por muy divino y redentor que fuese el engendro, aprovecharía la ley Aído y la llevaría a una clínica pública o privada. Que lo supiera Dios que con él no se jugaba así como así.

En otros momentos, temía el enfrentamiento con el Todopoderoso, ya que se consideraba un pobre mortal, sin más oficio ni beneficio que su carrera universitaria y un trabajo mal remunerado de técnico en telecomunicaciones. Eran momentos de abatimiento y celos que desaparecían al verla a ella, radiante como una diosa, perfecta como un amanecer, sublime como la música de Mozart. “Oh, Bibiana, mi Bibiana”. Y se crecía hasta sentirse capaz de todo con tal de ser el único.

Bibiana, además de bella, era creativa, sociable, dinámica e independiente. Respetaba la forma de pensar de los demás, a los que escuchaba con gran interés. Por ello era muy querida por sus amistades. Y, sobre todo, por él, que tan profundamente enamorado se mostraba.

Un día apareció turbada, inquieta, temerosa. Y, al mismo tiempo, complacida, llena de gracia entre todas las mujeres, feliz. No se atrevía a confesar los motivos de su estado de ánimo. Pero él lo supo desde el primer momento: sus temores se habían cumplido. Bibiana estaba embarazada. Era un 25 de marzo, día de la Encarnación. El niño-Dios nacería, como cada año, el 25 de diciembre. Pero él no estaba dispuesto a celebrar una nueva Navidad. Nunca más, una Navidad, aunque tuviese que renunciar a todas sus creencias y llevar a Bibiana a una clínica pública o privada.