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martes, 13 de febrero de 2018

44 La fuerza de voluntad


La fuerza de voluntad

Antonio García Velasco



Una pitillera repleta de cigarrillos, arrojada despreciativamente a un rincón fue señal suficiente para su conjetura:

-Había renunciado a fumar y, al verse impelido a tomar un cigarro, arrojó la cigarrera con rabia. Estaba dispuesto a dejar el tabaco. Durante un tiempo llevó el estuche para demostrarse a sí mismo que su voluntad era firme.

-Nada tiene eso que ver con la muerte -apuntó el compañero-. Al menos yo lo veo de ese modo.

-Es un dato de sus últimas vivencias y, posiblemente, de su actitud.

-Que fumara o no fumara es algo ajeno a un suicidio o un supuesto asesinato.



Una vez desbloqueada la clave del ordenador, los archivos del disco duro y el historial de navegación revelaron que, presuntamente, Machado López era un maniaco de la perseverancia y la fuerza de voluntad. Miles de imágenes coleccionaba en la carpeta "Voluntad": una manzana y unas onzas de chocolate, junto a aquélla, "Yes" y junto a estas, "No"; un presunto Sísifo empujando una bola de roca hacia arriba por la falda de una montaña; una hormiga levantando un leño por encima del rótulo "FUERZA DE VOLUNTAD"; cartelones con eslóganes como "Deja de decir desearía, lo haría y comienza a decir LO HARÉ"...

-¡Un momento! - detuvo Fermín Castro el pase de diapositivas-. "Deja de decir... comienza a decir LO HARÉ"... Y lo hizo.

-¿Crees que lo hizo para demostrarse a sí mismo que era capaz? ¿Como si de dejar de fumar se tratara? -preguntó el compañero.

-Observa la siguiente: "Lo haré porque puedo. Puedo porque quiero. Quiero porque dijiste que no podía".

-¿Y lo hizo?

-Lo llevó a término, ciertamente.

En aquellas conjeturas estaban cuando llegó el informe con la nueva de que Machado López había sido asesinado y no se trataba de un suicidio, como se había creído.

-¿Asesinado? La disposición del tarro de las pastillas ingeridas hacía pensar que las tomó por propia voluntad.

-Pero se han descubierto marcas de violencia de quienes lo obligaron a ingerir las cápsulas. Aparecía vestido, trajeado y dispuesto su cuerpo en posición milimétricamente calculada para inducir la idea de suicidio.

"La voluntad fuerte es la mejor ayuda para alcanzar tus metas", figuraba en la siguiente diapositiva que, de modo indolente y mecánico, había pasado el inspector. "La fuerza de voluntad es el impulso interior que nos lleva a vencer los obstáculos y a lograr nuestras metas".

-Nadie puede tener la meta de morir.

-¡Los suicidas! Esas marcas que revela autopsia podrían haberse producido con anterioridad…

-Y los asesinos bien pueden establecer la meta de matar y procurar que su crimen quede impune.

-¿Con quién vivía Machado López?

Los interrogatorios a los vecinos más próximos revelaron que, con relativa frecuencia, lo acompañaba una mujer. Logró la policía confeccionar un retrato robot de la pareja, ocasional o de hecho, del difunto. Dieron la orden de búsqueda y captura.

Pero nunca hubo una mujer en la vida de Machado López, pues también descubrieron su homosexualidad.

Por conservar su prestigio y bajo el prejuicio de que su condición sexual le haría perder su clientela, el abogado Machado López hizo siempre que su pareja lo acompañara en sus encuentros amorosos con disfraz de mujer. No cabía otra explicación.

-¿Y el móvil del crimen?

Se rascó la cabeza el inspector jefe con la mano de la duda.

-Por lo pronto, el ordenador y las imágenes de la carpeta no pertenecían a él, sino a su compañero -concluyeron. Necesitamos una foto de ambos, una pista que nos lleve a descubrir al misterioso gay.

No fue necesario indagar mucho más: una mañana, a primera hora, se presentó un individuo en la comisaría con una cantinela que repetía sin cesar: "Fui capaz, fui capaz. Lo amaba demasiado y no quería depender de mi pasión por él. La fuerza de voluntad me llevó a hacerlo para liberarme de la dependencia y, ahora, me doy cuenta de no puedo vivir sin su amor".


sábado, 3 de febrero de 2018

34 El discurso oprobioso


El discurso oprobioso

Antonio García Velasco



Primero escogía las palabras, las mimaba, las acariciaba, las estudiaba, profundizaba en su esencia. Después, las barajaba, las ordenaba, las apilaba cuidadosamente, procuraba montar con ellas el palacio, la mazmorra, el monumento, la muralla, las frases expresivas y correctas.

-Constituye delito de lesa humanidad construir textos oprobiosos por su forma o su fondo -afirmaba.

-¿Y si son oprobiosos para las actitudes dictatoriales?

-El dictador se encargará de vengar la ofensa. A menos que la construcción sea tan sutil que, aun mostrando la verdad, el tirano no la perciba. Ni los mastines de su montaje censor. En tal caso la obra perdurará en el tiempo.

-Fosco resulta tu discurso.

-Tampoco necesita la meridiana claridad del mediodía mediterráneo. Ya sabes lo del buen entendedor.

¡Cualquiera diría que hablaban de su escritura! Pero, veamos su compromiso.



Estaba tan fatuamente seguro de su conocimiento de la lengua que tuvo el atrevimiento de ofrecerle al dictador la posibilidad de escribirle los discursos, sobre todo, el último que pronunciaría como tal magistrado supremo irrevocable.

-No necesito tales servicios de un poeta -fue la respuesta oficial.

-Pero, acaso sí, de un publicitario.

-Tengo mi equipo completo.

-Dan muestras de agotamiento y repetición. Su majestad necesita renovar su palabrería.

-¿Palabrería llamas a mis mensajes y discursos?

-Hueca, señor. Alejada completamente del interés de las gentes.

-¿Tal atrevimiento?

-Las palabras tienen el poder que queramos darle los hablantes. En sí mismas, no poseen ningún sentido mágico. Pero podemos conseguir que los demás las perciban de una u otra forma. Incluso con poder y magia.

-Te vas a introducir irremediablemente en un jardín de flores carnívoras que acabarán devorándote.

-Tal jardín sólo puede ser cuidado por el poder supremo de un dictador. Su majestad no pretende pasar a la historia como jardinero de plantas carniceras.

-Márchate al exilio, poeta. No quiero que figures como mártir y tu obra perdure.

-Usted se queda sin discurso final y pretenderá inútilmente perpetuarse en el poder.

Sin mediar repuesta, el gobernante hizo un gesto a sus custodios, que sacaron fuera del palacio al oferente vate.

Fue un poeta maldito desde entonces. Su reconocimiento llegaría muchos años después, cuando el mundo se hizo lugar de gentes colaborativas y no de piratas, oprobiosos, delincuentes, dictadores en cualquiera de sus setenta y siete especies.




miércoles, 31 de enero de 2018

31 Asesinato


Asesinato

Antonio García Velasco



El asesinato cometido en el tobar de la zona este de aquel pueblecito de montaña sigue sin aclarar. Treinta años hizo la semana pasada. Es posible que los servicios policiales hayan archivado el caso. Pero pervive en la memoria y conciencia de los vecinos, incluso de los que eran pequeños cuando ocurrió el luctuoso suceso.

Después de tres largas décadas, Julián Castro de Baena, una noche de habitual borrachera, declaró, en medio de su monólogo de beodo, que “por suerte nunca se conocerá el nombre de quien mató a José María de Baena Núñez”.

-¿Por suerte? -se mosqueó Bernardino Ortega-. ¿Por suerte para quién, Julián?

-Es un modo de hablar -replicó el aludido con cierto azoramiento disfrazado de efectos del vino- ¡Nada más que un modo de hablar!

Guardó silencio Bernardino, pero, desde aquel momento, "mi racionalidad, se decía, confirma la sospecha".

Una mañana, abordó a Castro de Baena en una de las callejas que daba a la plaza, junto a la tapia cubierta de verde yedra.

-Una suerte para ti, ¿verdad?

-¿Qué es una suerte para mí, si puede saberse?

-Tu comentario en la taberna me lo ha confirmado: tú mataste a tu primo José María. Ya venía yo sospechando desde hacía años. Y no he podido reunir pruebas contundentes... El subconsciente te ha traicionado, Julián.

Éste, azorado de inseguridad y falta de defensa, quiso alejarse:

-Sólo dices tontadas, Bernardino. El hecho de que seas un jubilado de la Guardia Civil no te da derecho a meterte en mi vida y acusarme -rezongó en su intento de huida.

-El arma asesina fue una faca cortijera que tienes escondida en un baúl del cuarto de los trastos. Igual que la medalla de la Virgen del Carmen que tu primo siempre llevaba puesta.

-¡Déjame en paz! -se desprendió de la mano que sujetaba su muñeca y salió corriendo hacia el secadero de las uvas.

En su alocada carrera por el borde la torrentera, Julián dio un traspié y cayó al torrente golpeándose contra una roca. Se levantó herido y continuó su espantada hasta llegar al barranco del Jumillar, desde donde se arrojó al vacío.

Bernardino guardó silencio sobre las causas del suicidio y la muerte de José María de Baena Núñez perdura en la memoria colectiva del vecindario como uno de los grandes misterios del pueblo.