La
soledad
Antonio García Velasco
Rugía amargado como si una broca
estuviese atravesando su garganta a impulsos de un potente taladrador. Bramaba
como un león desesperado. Pero resultó inútil su crujir y rechinar de dientes:
condenado estaba a la soledad.
Su sentimiento de pesar se erigía en
dragón de múltiples cabezas y cada una le amagaba con un fuego abrasador
imposible de extinguir. Experimentaba la desazón más descorazonadora y, no
obstante... El rayo de luz iluminó su interior y trató de escapar del desierto,
del dragón de su soledad. El encuentro con sus semejantes resultó peor que el yermo o la amenaza de las múltiples cabezas: lo golpearon, le robaron, lo
dieron por muerto mientras se alejaban satisfechos con el botín de los
bolsillos de su víctima.
Un samaritano que pasaba le proporcionó
cuidados. Lo llevó a su casa, le ofreció cama y comida. Recordó la parábola y
dijo:
-Tú eres mi prójimo.
-Pero no puedes quedarte en mi casa... Lo
siento. Cuando te restablezcas un poco, has de marcharte.
-He sufrido la soledad. He padecido el
robo y el maltrato... No tengo donde ir.
-Mi casa se llenará pronto con la llegada
de mi mujer, mis hijos, mis padres, mis hermanos. No puedes quedarte. Ellos no
sienten como yo y, por otra parte, no queda sitio para un extraño.
-Ahora no somos unos extraños.
-Para ellos sí lo eres tú.
-No tienes por qué preocuparte. Me
marcharé de nuevo a los arenales de la soledad.
Salía de la casa de su benefactor con
idea de alejarse antes de que llegase la familia esperada. Pero ésta se cruzó
con él en aquel momento. La mirada de una joven del grupo lo detuvo, lo
paralizó en la llama de una obnubilación extrema. Ella también quedó
paralizada, sin poder desprender sus ojos del desconocido. Se atraían como se
atraen los imanes por sus polos opuestos. A pasos cortos de arrastre de pies,
se fueron acercando mutuamente mientras la comitiva familiar entró en la casa.
Se quedaron uno frente a otro, sin pestañear, sin atender a ninguna
conveniencia. sin otras pulsiones que permanecer en aquel estado.
-Hola -dijo ella como quien se dirige al
conocido de toda la vida.
-Hola. Mi nombre es Adrián.
-Yo soy Elena.
En aquel instante apareció el samaritano
llamando a su hermana. Comprendió el significado de aquella escena e hizo pasar
a Adrián a la casa.
Elena y el socorrido no se separaron.
Prefirieron pasar la noche uno junto a otro, sentados en un sofá, cogidos de la
mano. A la mañana siguiente comenzaron los preparativos de la boda. Adrián no
volvió a sufrir las quemaduras del dragón ni las dunas ardientes del desierto.