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martes, 8 de mayo de 2018

70 La soledad


La soledad

Antonio García Velasco



Rugía amargado como si una broca estuviese atravesando su garganta a impulsos de un potente taladrador. Bramaba como un león desesperado. Pero resultó inútil su crujir y rechinar de dientes: condenado estaba a la soledad.

Su sentimiento de pesar se erigía en dragón de múltiples cabezas y cada una le amagaba con un fuego abrasador imposible de extinguir. Experimentaba la desazón más descorazonadora y, no obstante... El rayo de luz iluminó su interior y trató de escapar del desierto, del dragón de su soledad. El encuentro con sus semejantes resultó peor que el yermo o la amenaza de las múltiples cabezas: lo golpearon, le robaron, lo dieron por muerto mientras se alejaban satisfechos con el botín de los bolsillos de su víctima.



Un samaritano que pasaba le proporcionó cuidados. Lo llevó a su casa, le ofreció cama y comida. Recordó la parábola y dijo:

-Tú eres mi prójimo.

-Pero no puedes quedarte en mi casa... Lo siento. Cuando te restablezcas un poco, has de marcharte.

-He sufrido la soledad. He padecido el robo y el maltrato... No tengo donde ir.

-Mi casa se llenará pronto con la llegada de mi mujer, mis hijos, mis padres, mis hermanos. No puedes quedarte. Ellos no sienten como yo y, por otra parte, no queda sitio para un extraño.

-Ahora no somos unos extraños.

-Para ellos sí lo eres tú.

-No tienes por qué preocuparte. Me marcharé de nuevo a los arenales de la soledad.



Salía de la casa de su benefactor con idea de alejarse antes de que llegase la familia esperada. Pero ésta se cruzó con él en aquel momento. La mirada de una joven del grupo lo detuvo, lo paralizó en la llama de una obnubilación extrema. Ella también quedó paralizada, sin poder desprender sus ojos del desconocido. Se atraían como se atraen los imanes por sus polos opuestos. A pasos cortos de arrastre de pies, se fueron acercando mutuamente mientras la comitiva familiar entró en la casa. Se quedaron uno frente a otro, sin pestañear, sin atender a ninguna conveniencia. sin otras pulsiones que permanecer en aquel estado.

-Hola -dijo ella como quien se dirige al conocido de toda la vida.

-Hola. Mi nombre es Adrián.

-Yo soy Elena.

En aquel instante apareció el samaritano llamando a su hermana. Comprendió el significado de aquella escena e hizo pasar a Adrián a la casa.

Elena y el socorrido no se separaron. Prefirieron pasar la noche uno junto a otro, sentados en un sofá, cogidos de la mano. A la mañana siguiente comenzaron los preparativos de la boda. Adrián no volvió a sufrir las quemaduras del dragón ni las dunas ardientes del desierto.

domingo, 30 de marzo de 2014

Una respuesta al silencio



Hallé la respuesta viendo…
Antonio García Velasco

Cuando he mirado la fecha de mi último artículo en este Blog, no acertaba a explicarme las causas de tan prolongado silencio. Es cierto que las obligaciones profesionales y añadidas colateralmente no siempre lo dejan a uno escribir con más regularidad. Pero siempre es posible hacer un hueco y lanzar algún comentario o creación. Y no lo he hecho. ¿Por qué?

Es posible que la respuesta la haya encontrado en unos versos de León Felipe: “¡Qué pena si la vida tuviera / -esta vida nuestra- / mil años de existencia! / ¿Quién la haría hasta el fin llevadera? / ¿Quién la soportaría toda sin protesta? / ¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, / los mismos tiranos, las mismas cadenas, / y los mismos farsantes, las mismas sectas/ ¡y los mismos, los mismos poetas! // ¡Qué pena, / que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!”.

León Felipe -el día 11 de abril se ¿conmemorarán? los ciento treinta años de su nacimiento (Tábara, Zamora, 1884)- sigue siendo un poeta incómodo: ¿por su independencia de todas las corrientes literarias?, ¿por su trayectoria vital y política?, ¿por su vida bohemia y errante aun procediendo de una familia acomodada y haber ejercido como farmacéutico?, ¿por su forma de escribir poesía? Mil preguntas más, sin respuesta alguna, convincente al menos.

Él se retrata en sus poemas como caminante, como romero (“Ser en la vida / romero, / romero sólo que cruza / siempre por caminos nuevos…”), aunque, en ocasiones, declara y lamenta su soledad, como nuestro amigo José García Pérez declaraba –y lamentaba- la suya en su escrito del 28-03-2014: “¡Qué solo estoy, Señor! / ¡Qué solo y qué rendido / de andar a la ventura / buscando mi destino!... / En todos los mesones / he dormido; / en mesones de amor / y en mesones malditos, / sin encontrar jamás / mi alberge decisivo…/ Y ahora estoy aquí solo… / rendido / de andar a la ventura / por todos los caminos. / Ahora estoy aquí solo, / en este pueblo escondido, / pensando / que no está aquí mi sitio, / que no está aquí tampoco / mi albergue decisivo”.