Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El icono del Dios


El icono del Dios

Antonio García Velasco



Icono o ícono significa literalmente «imagen», es una obra de arte religioso.



Imaginemos una religión que establezca como único mandamiento inviolable que cada adepto lleve consigo un icono del Dios. Será un icono que nos atrape, que nos esclavice, que nos manipule, que se nos imponga, que anule nuestra voluntad de resistencia, que lo busquemos como quien busca aire para respirar, que nos complazca, que se nos haga imprescindible.

El adepto ha de estar permanentemente atento a la imagen del Dios que encierra, expresa u ofrece el icono. Ha de lanzar oraciones por su medio ya sean orales o escritas, aunque éstas aparezcan con faltas de ortografía y abreviaturas ambiguas.

El adepto no podrá dejarse el icono en casa o alejado de su persona y debe tenerlo siempre a punto para responder. Si no fuese así, ya se encargarán otros de recordarle la obligación de respuesta inmediata a las demandas recibidas.

Se irá por la calle tecleando letras para formar sílabas, para reproducir palabras, para crear oraciones. O bien atendiendo a las oraciones de otros fieles, forofos, adeptos, enganchados a esta doctrina exigente e inquebrantable.

El icono, en nombre del Dios, exigirá la visión de imágenes o la captura de lo reflejado en las ventanas que recuadre el marco del propio instrumento. Posteriormente, estas capturas se han de compartir.

La devoción de cada uno llevará a dar prioridad a las demandas del icono sobre la presencia de otros. Si dos o más están sentados en la terraza de un bar, en el banco de la calle, parque o plaza, y el icono lo demanda, el demandado ha de atender el aviso antes que seguir en la conversación con los reunidos.

En solitario o en compañía, el adepto ha de llevar el símbolo de su religión en el bolsillo o, mejor, en la mano, dispuesto siempre a dar respuesta a la solicitud inesperada o, acaso, esperada.

En la familia, se adoctrinará a los infantes desde muy pequeños haciendo que se obnubilen ante las imágenes memorizadas en la profundidad del icono del Dios. Si lloran porque se les ha cerrado la ventana del mismo, se ha de tomar el llanto como indicio de que será un adepto responsable y metido en razón.

Cuando se tenga el convencimiento de que ese icono del Dios es necesario, imprescindible, absolutamente útil se habrá dado un paso decisivo para ser un adepto ejemplar.

Será necesario que cada cierto tiempo se renueve el icono, conservando lo que el desechable contenga, pero adquiriendo las nuevas ventajas de la modernidad, pues estamos en una religión progresiva y progresista y hemos de renovarnos o morir.

No caben medias tintas: o se aceptan las normas de la religión o serás un pobrecito marginado que todos mirarán con lastimosa conmiseración.

Ciertamente no cabe imaginar religión semejante, pues ya se nos ve por la calle a miles y miles adorando al icono de ese Dios universal.


domingo, 11 de febrero de 2018

42 El disidente


El disidente

Antonio García Velasco



Dejó un amplio conmonitorio sobre las exigencias de su particular religión, por lo que fue tachado de hereje. Pero llegó un fanático, un extremista, un intolerante y prendió fuego al manuscrito. Apenas si pudimos rescatar del fuego unas cuantas páginas, no completas. Como lema general anotaba en la cabecera de cada página: "Debemos liberarnos de Dios para llegar a Dios".

Hemos reconstruido con esfuerzo el capítulo de la urbanidad, palabra y valor en desuso desde que algunos dejamos la escuela. ¡Y tanto que ha llovido o dejado de llover desde entonces! Decía que "cortesanía, buen modo, atención y comedimiento" (significado libresco de urbanidad) eran actitudes que facilitan la vida y la convivencia.

"Desterremos los malos modos y todos ganaremos para el bien de todos". Un mal modo, por ejemplo, será robar, en cualquiera de sus formas. Lo sustituimos por "buen modo", razonaba, y no tendríamos ladrones en el mundo. "Y Dios lo premiará, premiándonos a todos", concluía.

"Tengamos cortesanía los unos con los otros y habrá entendimiento, se limarán asperezas nacidas de los egoísmos personales y, entre todos, se buscará el bien común".

"Atención es prestar auxilio, acoger favorablemente, tener en cuenta al otro" y la atención queda incluida en la urbanidad.

"Ah, y comedimiento que es moderación o servicio prestado con buena disposición y ¿qué mejor actitud de unos para con otros". Lo digo y lo repetiré siempre, ¡urbanidad, urbanidad, urbanidad!

En tales tonos discurría su discurso en el conminatorio, o, mejor dicho, en los apuntes rescatados del fuego represor. ¿Quién no podía estar de acuerdo con sus doctrinas? ¿Qué intereses bastardos provocaron las llamas en aquel escrito? Podemos creer en el más absurdo o bendito de los dioses, pero ello no nos da derecho a destruir las ideas de otros o a quienes sustentan ideas contrarias a las nuestras. No podemos tratar de imponer por la fuerza nuestros criterios a nuestro prójimo.

Tendré que decir, como él, urbanidad, urbanidad, urbanidad. Que, por otra parte, procede de urbs, ciudad: la vida en la urbe sería imposible sin la virtud y el valor sobre el que tanto dejó escrito nuestro amigo el filósofo, adepto a la más extraña religión que vieron los tiempos. Por sus ideas fue denostado y perdió la vida. Y quemaron la mayor parte de su legado.

Hoy se quiere emular su ideología poniendo en las escuelas una nueva asignatura: Educación para la ciudadanía, aunque los políticos que diseñan los contenidos de ésta carezcan de urbanidad, tal como la entendía aquel hereje.