domingo, 11 de febrero de 2018

42 El disidente


El disidente

Antonio García Velasco



Dejó un amplio conmonitorio sobre las exigencias de su particular religión, por lo que fue tachado de hereje. Pero llegó un fanático, un extremista, un intolerante y prendió fuego al manuscrito. Apenas si pudimos rescatar del fuego unas cuantas páginas, no completas. Como lema general anotaba en la cabecera de cada página: "Debemos liberarnos de Dios para llegar a Dios".

Hemos reconstruido con esfuerzo el capítulo de la urbanidad, palabra y valor en desuso desde que algunos dejamos la escuela. ¡Y tanto que ha llovido o dejado de llover desde entonces! Decía que "cortesanía, buen modo, atención y comedimiento" (significado libresco de urbanidad) eran actitudes que facilitan la vida y la convivencia.

"Desterremos los malos modos y todos ganaremos para el bien de todos". Un mal modo, por ejemplo, será robar, en cualquiera de sus formas. Lo sustituimos por "buen modo", razonaba, y no tendríamos ladrones en el mundo. "Y Dios lo premiará, premiándonos a todos", concluía.

"Tengamos cortesanía los unos con los otros y habrá entendimiento, se limarán asperezas nacidas de los egoísmos personales y, entre todos, se buscará el bien común".

"Atención es prestar auxilio, acoger favorablemente, tener en cuenta al otro" y la atención queda incluida en la urbanidad.

"Ah, y comedimiento que es moderación o servicio prestado con buena disposición y ¿qué mejor actitud de unos para con otros". Lo digo y lo repetiré siempre, ¡urbanidad, urbanidad, urbanidad!

En tales tonos discurría su discurso en el conminatorio, o, mejor dicho, en los apuntes rescatados del fuego represor. ¿Quién no podía estar de acuerdo con sus doctrinas? ¿Qué intereses bastardos provocaron las llamas en aquel escrito? Podemos creer en el más absurdo o bendito de los dioses, pero ello no nos da derecho a destruir las ideas de otros o a quienes sustentan ideas contrarias a las nuestras. No podemos tratar de imponer por la fuerza nuestros criterios a nuestro prójimo.

Tendré que decir, como él, urbanidad, urbanidad, urbanidad. Que, por otra parte, procede de urbs, ciudad: la vida en la urbe sería imposible sin la virtud y el valor sobre el que tanto dejó escrito nuestro amigo el filósofo, adepto a la más extraña religión que vieron los tiempos. Por sus ideas fue denostado y perdió la vida. Y quemaron la mayor parte de su legado.

Hoy se quiere emular su ideología poniendo en las escuelas una nueva asignatura: Educación para la ciudadanía, aunque los políticos que diseñan los contenidos de ésta carezcan de urbanidad, tal como la entendía aquel hereje.


2 comentarios:

  1. Me viene a la memoria, leyendo este relato, que a Miguel Servert le costó la vida defender la circulación de la sangre por nuestro cuerpo.
    ¿Cuándo han faltado los fanáticos y los conquistadores?
    Hoy se multiplican por doquier adoptando formas o fórmulas sutiles. Pero obtienen la sumisión y el poder. A la fuerza, aunque ésta la conforme un entramado de leyes económicas aprobadas por los representantes del pueblo. Elegidos, por cierto, a través de una listas confeccionadas por el interés de los llamados poderes fácticos. ¡Argucias, ardides, artimañas...! En la inmensa proporción en que se enmascaran las codicias en detrimento del reparto justo, equidistante al esfuerzo, se expande la doble moral.

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