En
el momento en que Ángela tomaba el sol en la terraza,
una bandada de fisirrostros sobrevoló sobre la casa. Aquellas aves de pico
corto y vientre suelto dejaron su huella estercórea sobre el cuerpo desnudo de
la mujer. Sintió un asco nauseabundo cuando se dio cuenta de los excrementos
sobre piernas, vientre y brazos. Acudió a la ducha directa y precipitadamente,
temiendo que su organismo absorbiese las heces venidas del cielo. Recordó la
convertibilidad de Zeus que poseyó a Leda transformado en Cisne; a Dánae, en
lluvia de oro, y, en forma de toro, raptó a Europa, a la que también violó. Lo
del dios griego le pareció un prevaricato indigno. Pensaba en ello mientras se
duchaba y, al terminar, no podía abrir la mampara: sufría un encierro decretado
por el Olimpo. Podemos relatar las hazañas de un dios, pero no calificarlas de
delito o abuso.
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