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lunes, 6 de abril de 2020

0021 Microcuento EL BURKA DE JALILA


El burka de Jalila

Antonio García Velasco



Como bien se sabe, un burka es un traje completo de la mujer musulmana, pero también se llama así a un tipo de velo que se ata a la cabeza y cubre la cara a excepción de una apertura en los ojos para que la mujer pueda ver a través de ella. Este burka es más conocido como niqab.

Jalila Abdel Bari llevaba siempre un burka de los llamados niqab, En una ocasión viajó por Europa y la obligaron a desprenderse de su atuendo natural.

Ahora, al contemplar en el televisor que orientales y occidentales caminaban con mascarilla por la calle, exclamó:

-¡Alá es poderoso! Condenaban nuestro niqab y les ha mandado el medio para que ellos, los infieles, mujeres y varones, se vean obligados a llevarlo en sus salidas. ¡Fata-Barak-Allah! Poderoso y grande es Alá. ¡Sabio y clemente! Bendito y respetado sea su nombre y su Profeta. Alaihi salaam.



miércoles, 6 de junio de 2018

72 La greda de la calle


La greda de la calle

Antonio García Velasco



En aquellos años, las calles no estaban asfaltadas, salvo la que coincidía con la carretera nacional, que atravesaba todo el pueblo. En la calle La Laguna, a la mitad, más o menos, al inicio de la cuesta, existía un rodal de greda que, cuando llovía, quedaba reblandecida y los niños la aprovechaban para jugar al jincote y hacer figuritas de barro: animales, flores, muñecos, incluso soldados para formar pequeños ejércitos que, cuando se secaban al sol, llevaban a la guerra que, siempre jugando, organizaban.

En los tiempos actuales existe la plastilina, con la que los escolares moldean sus pequeñas esculturas. En el pueblo no se encontraba este producto en los años cincuenta del siglo veinte, pese a que fue inventada en el año 1880 por el dueño de una farmacia de Múnich. La dio a conocer siete años después con intención de comercializar su invento. Al pueblo, sin embargo, llegaría en décadas muy posteriores.

Cuando el rodal de greda se secaba, pasaba la moda de moldear figuras y se guardaban las finas barras de hierro que daban nombre al juego del jincote. Hasta las siguientes lluvias.

Menos los niños en sus juegos, los vecinos evitaban pasar por la zona gredosa, por temor a resbalar. Una mañana de marzo, apoyado en su báculo, caminaba Diego Porras, ya de avanzada edad. Su paso descuidado había olvidado el peligro y, al cruzar sobre el gredal, todavía húmedo, resbaló con tan mala suerte que en la caída se rompió una pierna. Acudieron los vecinos a socorrerlo y lo llevaron al médico, que le entablilló la extremidad y le mandó reposo.

Como nada mejor tenía que hacer, se entretenía en la elaboración de soga de esparto. Por medio de su nieto Adolfo, extendió una invitación para que los niños le proporcionaran la materia prima para el trenzado. Iban al monte próximo a cortarlo. A cambio les contaba historias y les cantaba canciones inventadas por él:



No cruces tú por la greda

que te puedes resbalar

y, al resbalón, una pierna

inútil se quedará.

A lo menos, por un tiempo

más largo que día sin pan.

Te lo digo con ejemplo

de clara inmovilidad,

que en la casa con reposo

me tienes sin más ni más.

No cruces tú por la greda

que te puedes resbalar.



Pasado el tiempo de la prescripción médica, Diego reanudó sus caminatas apoyado en el bastón y evitando el lugar de su caída. Los niños continuaron jugando en el rodal de greda, aunque aprendieron la canción que ha llegado hasta nuestro tiempo, cuando ya la calle está asfaltada y llena de coches aparcados, alternativamente, junto a la acera izquierda o junto a la derecha, según el mes.






sábado, 11 de marzo de 2017

Microrrelato 88 El árbol de la ventana


El árbol de la ventana

Antonio García Velasco



La ventana permanecía abierta desde aquel día y, como entonces, el viento balanceaba a su antojo las hojas de la rama del árbol que ya se introducía en el interior de la vivienda. En ocasiones, los habitantes del inmueble talaron aquellos osados ramajes que les estorbaban la visión. Ahora parecían haber abandonado la casa y las ramas del árbol crecían invasoras como okupas. Una tarde, a la hora de la siesta, un muchacho trepó tronco arriba y, desde la rama que olisqueaba el interior, saltó a la habitación. Un olor a cadáver descompuesto le hizo perder el sentido. A los pocos días, el joven fue dado oficialmente por desaparecido y el hedor nauseabundo comenzó a afectar a quienes paseaban por la calle o vivían en ella.