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sábado, 16 de mayo de 2020

0027 Microcuento Versos para una pregunta sin respuesta


Versos para una pregunta sin respuesta

Antonio García Velasco



La insultaron porque había dado una opinión contraria a lo que, en aquel círculo, se consideraba correcto. Ni la frase evangélica de dudoso origen es aceptable: "Quien no está conmigo está contra mí". Dudaba que eso pudiera haberlo dicho Jesús de Nazaret, que sería una persona ecuánime y sensata. Uno puede no estar con otro, pero no tiene que estar contra él, simplemente puede discrepar. Pero a ella la estaban insultando simplemente por opinar de modo contrario a quienes estaban en el lugar. Se marchó azorada y, al llegar a su casa, escribió:



Versos para una pregunta sin respuesta



¿Cuándo dejar podremos los insultos

a quien no piensa como yo lo pienso?

¿Cuándo dejar los odios burdos, zafios,

a quienes no comparten la supuesta,



convencional verdad que marca el curso

libre, sensato de la mente libre?

¿Cuándo será que democracia sea

un sentimiento puro, no la pose



que compartir queremos sólo, a secas,

con quienes piensan tal pensamos nos?

Me maravilla el fácil descalabro

que se quisiera para quienes no



comulgarán con las ideas mías.

Me maravilla el fácil anular

a quienes no votaron nuestro voto.

El corazón demócrata nos falta.

El egocentro dictador nos sobra.



Con frecuencia el escritor y, después, el lector encuentran en la literatura el consuelo que le niega la vida. Pero, en esta ocasión, tras dar por terminados aquellos versos, un puño férreo, descomunal, implacable salió de la pantalla del monitor y la golpeó en la cara. Desmayada la encontraron al mediodía y, al ser reanimada, comenzó a repetir como disco rayado. "¿Cuándo dejar podremos los insultos / a quien no piensa como yo lo pienso?".




sábado, 27 de enero de 2018

27 Las exclamaciones de Pedro Martínez


Las exclamaciones de Pedro Martínez
Antonio García Velasco
          Ante la contradicción más mínima, sin tener en cuenta la situación en que se encontrara ni, por supuesto, las personas que hubiera a su alrededor, invariablemente, exclamaba:
-¡Mierda!
Lo miraban extrañados, admirados, contrariados, en reproche. Algunos resoplaban despidiendo vaho, si el ambiente estaba frío. Se lo reprocharon en numerosas y variadas ocasiones. Su madre misma le advertía que ese lenguaje le traería más de un disgusto. Pero su manía resultaba incorregible, incontrolable, pertinaz.
-¡Mierda! ¿Por qué?
Un día escuchó contar que, a los actores y gente de teatro, cuando estrenan una obra, se les desea "que haya mucha mierda". Se alegró del hecho, aunque ignoraba la causa de semejante dicho. Amparo Díaz se lo explicó:
-Antiguamente, la burguesía y nobleza, que eran los asistentes a los espectáculos teatrales, operísticos y demás, iban en coche de caballo. Los equinos no controlaban sus esfínteres en la explanada donde los cocheros aguardaban a sus señores y, si la plaza estaba llena de excrementos, era señal de éxito, de asistencia masiva y continuada... De ahí proviene el dicho de desear que haya mucha... "
-¡Mierda! No te cortes. No seas tan pudorosa, Amparito.
-Ciertas palabras, si se pueden evitar, debes evitarlas.
-¿Por qué?
-No son de buen gusto, ni del gusto de todos.
-¡Mierda! ¿Por qué?
-¡Tanta pregunta! Pareces un inquisidor. Y hemos venido a hablar de tus negocios...
Hablaron de los negocios que lo había llevado al banco y, al finalizar, Pedro Martínez planteó:
-Se habla de deflación, ¡mierda!, de que nos puede traer una recesión económica que en nada nos beneficiaría. ¡Mierda! La crisis sería fenomenal. Peor que la pasada.
-No será para tanto.
-¡Mierda! ¿Por qué estás tan segura?
Amparo, directora de la sucursal de aquel banco con el que Pedro trabajaba sus asuntos financieros, le hizo alusión a ciertos informes confidenciales a los que ella había tenido acceso.
-¡Mierda! He escuchado lo de la recesión y no me llegaba la camisa al cuerpo.
-Pues tranquilo.
-Menos inquieto me voy -dio por concluida su gestión y se marchó rezongando. "¡Mierda con la Amparito de Dios! Menos mal que se lo he planteado y me ha demostrado que nada de una deflación que me hubiese costado enormes pérdidas. ¡Mierda, mierda!"