sábado, 3 de marzo de 2018

53 El hoplita


El hoplita

Antonio García Velasco



Caminaba con el equipamiento de un hoplita, soldado griego provisto con coraza de bronce abrazada al torso, cnémidas o espinilleras para proteger las tibias, casco de bronce, escudo de un metro de diámetro, lanza larga de más de dos metros y espada corta. Quienes se cruzaban con él pensaban que era fantoche salido de un desfile carnavalesco.

Cruzó la plaza para dirigirse a Calle Nueva, en la que torció por el primer recodo hacia el restaurante llamado Esturión, donde servían el mejor caviar preparado con las huevas del pez llamado precisamente esturión. Dejó el casco sobre un pico de la mesa, la lanza inclinada sobre el tablero y el escudo apoyado en la silla contigua a la que él iba a ocupar. Pidió que le sirvieran ensalada de cangrejo y caviar con aliño ruso, patatas nuevas, aguacate, cebolla roja y rabanitos.

-¿Adónde se dirige, amigo? -tuvo el camarero la osadía burlona de preguntar.

-La guerra con Esparta no ha hecho más que empezar.

-Atenas, uno-Esparta, cero.

-No le consiento, señor, que trivialice los asuntos de la guerra.

-¿No está hablando de fútbol?

-El fútbol es un deporte-espectáculo de masas que produce más alienación que los opiáceos.

-El fútbol no es una guerra, salvo cuando llegan los ultras de ciertos países, a los que hay que presentar batalla defensiva, pues a provocar vienen.

El camarero recibió un aviso gestual ordenándole dejar de darle conversación al cliente, aunque fuese disfrazado de hoplita de siglos anteriores a Cristo.

En los siguientes reclamos de atención, se acercó una camarera de movimientos tan sinuosos como su pelo recién acabado de ondular.

-¿De dónde viene, señor? -le preguntó al soldado griego elevada por la curiosidad y sin atender a la prohibición de dar palique a los clientes.

-De la guerra vengo, a la guerra voy.

-¿Guerra?

-Batalla permanente es la vida, señora.

-No se guerrea hoy con tales armas.

-Cada soldado es eficaz con el armamento que sabe manejar.

-No podría combatir contra un simple fusil, qué digo fusil, contra una elemental pistola.

-La armadura caracteriza la apariencia del soldado, su valor y fortaleza son los rasgos de su esencia, lo verdaderamente importante.

-¿Desea el señor algún postre? -cortó la camarera la conversación al ver que el jefe parecía acercarse a la mesa.

-Me trae un baklava dulce con helado.

-¿Baklava?

-Pastel elaborado con pasta de nueces trituradas, distribuida en la masa filo y bañado en almíbar o jarabe de miel, con incorporación de avellanas y almendras. Es ideal para energizar al soldado.

Ella hizo como que tomaba nota y se dirigió a la cocina.

-¿Tenemos baklava?

-No sé lo que es eso -dijo la cocinera.

-Un dulce a base de nueces, almíbar, miel, avellanas, almendras... La cocinera eres tú.

-Llévale unos pasteles árabes, a ver si se conforma.

-Lo ha pedido con helado.

-Pues le colocas una bola en medio del plato.



Cuando la mujer le sirvió el postre, el hoplita exclamó:

-¡Esto no es baklava!

-Es el baklava o la baklava que tenemos aquí.

-Pues lo siento, pero no quiero tal agregado. ¿Me trae la cuenta, por favor?

Retiró el plato servido y, al momento, regresó con la nota. El hombre pagó, recogió su casco, su escudo y su lanza y salió del establecimiento.

-¡Los hay inexplicablemente raros! -balanceaba la cabeza la camarera mientras lo miraba marchar.

-Te ha gustado el loco, ¿no? -le dio un codazo guasón el camarero que atendió al hoplita en primer lugar.

-Más interesante que tú, por lo menos, es -le devolvió ella la chacota.

-Desde luego que sí, que sólo la coraza debe valer una fortuna. Más la lanza, más el escudo, más el casco... ¡Menudo interés tiene el chavó! -y se retiró riendo a atender a los recién llegados.

Ella balanceó la cabeza, reprobando ahora al compañero. El hoplita continuó su particular batalla contra el mundo desquiciado.




1 comentario:

  1. Sin el ardor utópico de unos cuantos, no disfrutaríamos hoy de los avances tecnológicos, empezando por la vivienda, por los que se ha incrementado el apego al dinero para conseguirlos.
    La sociedad no ve con buenos ojos la escenificación de la utopía, y, mucho menos, en solitario. Sin embargo la aplaude, mezclada con el humor (a veces ácido), con animales "salvajes", con el alcohol, con acciones temerarias, con macro-conciertos, con juegos olímpicos, con deportes masificados... en fiestas establecidas, con la policía velando porque se cumplan las reglas y las ambulancias prestas a socorrer previsibles daños corporales.
    ¿Se han acabado las batallas en los países civilizados?, ¿serán fruto de guerras mentales? Si hay alguien que exterioriza en alegoría, fuera de los cauces establecidos, el caos de las junglas de cemento, ¿es raro, está loco o nos impele a mirarnos al espejo? La última opción solemos declinarla con el parapeto argumental de las dos primeras. ¿Para qué esforzarnos? Ya nos aprovecharemos del ingenio inventivo de otros. Pero, y si esos otros, sutilmente, ¿utilizan sus pensamientos para montar un entramado que nos mantenga en la base de pirámide, soportando más peso y vendiéndonoslo como democracia o libre albedrío? Ni la una ni la otra son vendibles si cada uno activamos nuestro cerebro, al menos como nuestras mandíbulas y el resto de miembros para desplazarnos y conservar la salud.

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