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lunes, 7 de marzo de 2022

091 Microcuento LA LUCHADORA

 

La luchadora

Antonio García Velasco

 

¡Qué luchadora aquella mujer!

—Mamá, mamá, vente, vente.

—Idos, idos, poneos a salvo. Ya iré yo con vosotros, ya iré yo.

Tenía rojo de sangre oscura el vendaje de su pierna herida por la bala del invasor y, pese al desgarro, consiguió arrastrarse hasta el arma del soldado caído y, para cubrir la marcha de los suyos hacia un lugar seguro, disparó, disparó al atacante. Hasta agotar el cargador.

Una bomba destruyó el edificio. Consiguió ella salvarse de los escombros y, marcada por el intenso dolor, buscaba nuevos cargadores para su arma defensiva. Sus hijos se habían alejado, llorando, llamándola, desamparados. Antes de encontrar la munición, un proyectil lanzado desde un tanque le causó nuevas y  graves heridas.

Dos niños y una niña sin padres fueron guiados por los voluntarios hasta que cruzaron la frontera junto a miles de refugiados.

 

sábado, 3 de marzo de 2018

53 El hoplita


El hoplita

Antonio García Velasco



Caminaba con el equipamiento de un hoplita, soldado griego provisto con coraza de bronce abrazada al torso, cnémidas o espinilleras para proteger las tibias, casco de bronce, escudo de un metro de diámetro, lanza larga de más de dos metros y espada corta. Quienes se cruzaban con él pensaban que era fantoche salido de un desfile carnavalesco.

Cruzó la plaza para dirigirse a Calle Nueva, en la que torció por el primer recodo hacia el restaurante llamado Esturión, donde servían el mejor caviar preparado con las huevas del pez llamado precisamente esturión. Dejó el casco sobre un pico de la mesa, la lanza inclinada sobre el tablero y el escudo apoyado en la silla contigua a la que él iba a ocupar. Pidió que le sirvieran ensalada de cangrejo y caviar con aliño ruso, patatas nuevas, aguacate, cebolla roja y rabanitos.

-¿Adónde se dirige, amigo? -tuvo el camarero la osadía burlona de preguntar.

-La guerra con Esparta no ha hecho más que empezar.

-Atenas, uno-Esparta, cero.

-No le consiento, señor, que trivialice los asuntos de la guerra.

-¿No está hablando de fútbol?

-El fútbol es un deporte-espectáculo de masas que produce más alienación que los opiáceos.

-El fútbol no es una guerra, salvo cuando llegan los ultras de ciertos países, a los que hay que presentar batalla defensiva, pues a provocar vienen.

El camarero recibió un aviso gestual ordenándole dejar de darle conversación al cliente, aunque fuese disfrazado de hoplita de siglos anteriores a Cristo.

En los siguientes reclamos de atención, se acercó una camarera de movimientos tan sinuosos como su pelo recién acabado de ondular.

-¿De dónde viene, señor? -le preguntó al soldado griego elevada por la curiosidad y sin atender a la prohibición de dar palique a los clientes.

-De la guerra vengo, a la guerra voy.

-¿Guerra?

-Batalla permanente es la vida, señora.

-No se guerrea hoy con tales armas.

-Cada soldado es eficaz con el armamento que sabe manejar.

-No podría combatir contra un simple fusil, qué digo fusil, contra una elemental pistola.

-La armadura caracteriza la apariencia del soldado, su valor y fortaleza son los rasgos de su esencia, lo verdaderamente importante.

-¿Desea el señor algún postre? -cortó la camarera la conversación al ver que el jefe parecía acercarse a la mesa.

-Me trae un baklava dulce con helado.

-¿Baklava?

-Pastel elaborado con pasta de nueces trituradas, distribuida en la masa filo y bañado en almíbar o jarabe de miel, con incorporación de avellanas y almendras. Es ideal para energizar al soldado.

Ella hizo como que tomaba nota y se dirigió a la cocina.

-¿Tenemos baklava?

-No sé lo que es eso -dijo la cocinera.

-Un dulce a base de nueces, almíbar, miel, avellanas, almendras... La cocinera eres tú.

-Llévale unos pasteles árabes, a ver si se conforma.

-Lo ha pedido con helado.

-Pues le colocas una bola en medio del plato.



Cuando la mujer le sirvió el postre, el hoplita exclamó:

-¡Esto no es baklava!

-Es el baklava o la baklava que tenemos aquí.

-Pues lo siento, pero no quiero tal agregado. ¿Me trae la cuenta, por favor?

Retiró el plato servido y, al momento, regresó con la nota. El hombre pagó, recogió su casco, su escudo y su lanza y salió del establecimiento.

-¡Los hay inexplicablemente raros! -balanceaba la cabeza la camarera mientras lo miraba marchar.

-Te ha gustado el loco, ¿no? -le dio un codazo guasón el camarero que atendió al hoplita en primer lugar.

-Más interesante que tú, por lo menos, es -le devolvió ella la chacota.

-Desde luego que sí, que sólo la coraza debe valer una fortuna. Más la lanza, más el escudo, más el casco... ¡Menudo interés tiene el chavó! -y se retiró riendo a atender a los recién llegados.

Ella balanceó la cabeza, reprobando ahora al compañero. El hoplita continuó su particular batalla contra el mundo desquiciado.




martes, 21 de marzo de 2017

Microrrelato 98 El mílite carolingio


El mílite carolingio

Antonio García Velasco



Un soldado carolingio, héroe en cien batallas, recibió como premio un terreno, que contaba con una casa, un pozo con cigoñal y un conjunto de animales domésticos. Por medio de una alcahueta consiguió casarse con Adélie Bellerose. Desde el principio la consideró extremadamente hermosa para sus méritos y cicatrices de viejo milite. Pero aprovechó amorosamente la oportunidad de posesión de una bella mujer. No obstante, cada vez se acrecentaban más los celos: no permitió que ningún hombre traspasase la cerca de su terreno; no consintió que ella marchara sola al mercado de las aldeas próximas. La trataba como a dueña feudal. Mas ella se consumía en la tristeza. Un día apareció por la casa la alcahueta que propició aquella boda y la mujer aprovechó la ocasión para contarle sus cuitas y la causa de las mismas. La vieja puso remedio a la situación: le proporcionó un brebaje que poco a poco desfiguró su cara. Adélie, desde entonces, no quiso ver a nadie ni salir de casa.