La
estridencia de Ana Ciruele
Antonio
García Velasco
Tuvo
la inverecundia, desvergüenza y desfachatez de poner a la reventa las entradas
que su hermana, la actriz Ana Ciruele, le había regalado para que llevara a su
mujer, hijos y suegra a verla actuar en los escenarios.
—Allí
estaremos —afirmó cuando Ana le entregó los tiques, tras abrazarlo.
La
profesionalidad de Ana salvó la situación, enlazando su incontrolada maldición
con el parlamento exigido por el guion de la obra teatral.
—¿Qué pasó, Ana? —le preguntó el director.
—Mi
hermano me ha jugado de nuevo una mala pasada. ¡Cualquiera sabe en qué habrá
gastado el dinero de la reventa de entradas!
—¿Tan
desconsiderado es?
—La
culpa es mía por no haber llamado a mi cuñada.
—No
te preocupes, salvaste la escena, has estado magnífica y ha sido un éxito.
—Gracias.
El
hermano se excusó por teléfono diciendo que le habían robado las entradas, que
por nada del mundo se hubiese perdido una actuación de ella, su querida
hermana.
Ella sólo dijo:
"Ya habrá otra ocasión" y para su interior: "¡Cínico!"
