domingo, 25 de mayo de 2014

La revista SUR. REVISTA DE LITERATURA



SUR. REVISTA DE LITERATURA

El colectivo "Grupo Málaga" de escritores, integrado mayoritariamente por miembros de ACE-A, ha impulsado la creación de la revista digital "Sur. Revista de Literatura" abierta a la participación de autores y creadores, en general. 

Su primer número puede visitarse en la dirección


Este primer número está dedicado a Albert Camus, de modo que todos los artículos e ilustraciones versan sobre aspectos de la vida, personalidad, ideas y obra de este autor, Premio Nobel de Literatura en 1957. Atendiendo a la calidad de los trabajos publicados, ningún estudioso o seguidor de la obra del autor de La peste, podrá prescindir de la consulta del número 1 de Sur. Revista de Literatura.
Además se incluyen obras de creación, tales como poemas y teatro. En números posteriores se incluirán reseñas y primeras páginas de obras recién publicadas: primer capítulo de novelas o de ensayo, primeros poemas de libros de poesía o primeras escenas de obras de teatro.
La revista está abierta a la colaboración de quienes deseen colaborar con trabajos de cierto rigor y, por supuesto, de calidad literaria.

domingo, 30 de marzo de 2014

Una respuesta al silencio



Hallé la respuesta viendo…
Antonio García Velasco

Cuando he mirado la fecha de mi último artículo en este Blog, no acertaba a explicarme las causas de tan prolongado silencio. Es cierto que las obligaciones profesionales y añadidas colateralmente no siempre lo dejan a uno escribir con más regularidad. Pero siempre es posible hacer un hueco y lanzar algún comentario o creación. Y no lo he hecho. ¿Por qué?

Es posible que la respuesta la haya encontrado en unos versos de León Felipe: “¡Qué pena si la vida tuviera / -esta vida nuestra- / mil años de existencia! / ¿Quién la haría hasta el fin llevadera? / ¿Quién la soportaría toda sin protesta? / ¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, / los mismos tiranos, las mismas cadenas, / y los mismos farsantes, las mismas sectas/ ¡y los mismos, los mismos poetas! // ¡Qué pena, / que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!”.

León Felipe -el día 11 de abril se ¿conmemorarán? los ciento treinta años de su nacimiento (Tábara, Zamora, 1884)- sigue siendo un poeta incómodo: ¿por su independencia de todas las corrientes literarias?, ¿por su trayectoria vital y política?, ¿por su vida bohemia y errante aun procediendo de una familia acomodada y haber ejercido como farmacéutico?, ¿por su forma de escribir poesía? Mil preguntas más, sin respuesta alguna, convincente al menos.

Él se retrata en sus poemas como caminante, como romero (“Ser en la vida / romero, / romero sólo que cruza / siempre por caminos nuevos…”), aunque, en ocasiones, declara y lamenta su soledad, como nuestro amigo José García Pérez declaraba –y lamentaba- la suya en su escrito del 28-03-2014: “¡Qué solo estoy, Señor! / ¡Qué solo y qué rendido / de andar a la ventura / buscando mi destino!... / En todos los mesones / he dormido; / en mesones de amor / y en mesones malditos, / sin encontrar jamás / mi alberge decisivo…/ Y ahora estoy aquí solo… / rendido / de andar a la ventura / por todos los caminos. / Ahora estoy aquí solo, / en este pueblo escondido, / pensando / que no está aquí mi sitio, / que no está aquí tampoco / mi albergue decisivo”.

sábado, 22 de febrero de 2014

Conmemoración de la muerte de Antonio Machado

75 años de la muerte de Antonio Machado 
 Antonio García Velasco

 “Es de noche. Se platica / al fondo de una botica. / —Yo no sé, /Don José, /cómo son los liberales / tan perros, tan inmorales. / —¡Oh, tranquilícese usté! / Pasados los carnavales, / vendrán los conservadores, / buenos administradores / de su casa. /Todo llega y todo pasa. / Nada eterno: / ni gobierno / que perdure, / ni mal que cien años dure. / —Tras estos tiempos, vendrán / otros tiempos y otros y otros, / y lo mismo que nosotros / otros se jorobarán. / Así es la vida, Don Juan. / —Es verdad, así es la vida”.

Se trata de un breve fragmento del poema de Antonio Machado “Poema de un día. Meditaciones rurales”. Poema fechado en Baeza, 1911. Poema de un día en cuanto refleja la actividad cotidiana de nuestro autor: el ejercicio de su profesión de catedrático de francés en un instituto, la creación literaria (“aprendiz de ruiseñor”), la lectura de libros, la reflexión, la participación en una tertulia de gentes cultas de Baeza, la vuelta a casa, los libros de nuevo, la meditación… Se supone, el descanso. Nada de particular, en apariencia, tratándose de un intelectual. Pero, en el poema vemos tanto las preocupaciones existenciales como sociales y políticas. Nos da la impronta de las dos Españas que han de helarnos el corazón. Como una simple opinión de contertulios, con sencillez y con profundidad. Pero, ¡ojo! Aunque de opiniones diferentes (liberales perros e inmorales frente a conservadores “buenos administradores… de su casa”) conviviendo en relaciones cordiales y amistosas. Bien lejos de las actitudes tendenciosas y fundamentalistas de quienes sostienen, viven, interiorizan, actúan según el principio tan poco democrático de “quien no está conmigo está contra mí”.

 No vive Antonio Machado ajeno a las gentes de su época: “Te bendecirán conmigo / los sembradores del trigo; / los que viven de coger / la aceituna; / los que esperan la fortuna / de comer; / los que hogaño, / como antaño, / tienen toda su moneda / en la rueda, / traidora rueda del año”. Ni, por supuesto, a las preocupaciones existenciales y sociales: “Mucho importa (en otras versiones: “Algo importa”) / que en la vida mala y corta / que llevamos / libres o siervos seamos”. Y su pizca de resignación: “mas, si vamos / a la mar –a la muerte- / lo mismo nos han de dar”.

 Son versos que constituyen la meditación de un hombre que al contrario de otros, más que saber su doctrina es “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Su lección es clara: consecuente con sus ideas, tolerante con las ideas de otros, filantrópico y, por supuesto, solidario. ¡Y gran poeta!

DEPENDENCIAS

Dependencias 
 Antonio García Velasco

 Dependemos de las máquinas. Hasta cierto punto. Hasta un cierto punto muy alto, pienso. El año comenzó con un atasco en el tubo de desagüe de la lavadora. ¡Menudo problema quedarse sin esta máquina! Primero hubo que recoger el agua que anegaba el lavadero y, posteriormente, tres días pendientes de la solución del dichoso atasco.

A este incidente doméstico le sigue la avería en el coche. Cinco días dependiendo de los transportes públicos o del sano ejercicio de caminar, (cuando no es a la fuerza). Claro que, con los tapones de tráfico que se viven en cualquier ciudad, mejor es depender de las esperas, largas y tediosas, de los autobuses. O caminar, coche de San Fernando, ratito a pie, ratito andando.

Se soluciona el problema del coche y, mira por donde, el ordenador dice que tururú: un pitido era todo su mensaje al tratar de encenderlo. Que el monitor no es, puesto que funciona conectado al portátil. Que si la memoria RAM, que si la placa base, que si un virus maligno y maldito que se te coló por la puerta ancha de Internet. A estas alturas aún ignoro lo ocurrido, pues sigue en el servicio técnico.

Cuando falta ese chisme, se da uno cuenta de que ni escribir una línea sin ordenador. Se paralizan los ordenadores y se hunde este mundo nuestro tan civilizado. Un día vas al banco y se ha “caído” el sistema informático y las colas claman desesperación y parálisis. Una mañana te acercas a las ventanillas de cualquier administración y fallan las computadoras y se levantan las úlceras de la pérdida de tiempo.

Nada podemos hacer sin las máquinas. Dependemos de ellas, nos esclavizan. Ya planteaba Julio Cortázar que, cuando se regala un reloj a un niño, en realidad, se está regalando un niño a un reloj. Hoy el escritor argentino hubiese escrito en vez de reloj y necesidades de darle cuerda, ponerlo en hora, limpiarlo, etc., “teléfono móvil”, otra máquina que se impone y se hace imprescindible, nos esclaviza y condiciona. No se sabe qué hacer y se coge el móvil para contemplar su pantallita, manipular su teclado y explorar sus interminables funciones y aplicaciones descargadas.

 Y, mientras los vecinos nos entretenemos de estas ocupaciones y dependencias, los políticos españoles en el empeño de reformar vía decreto ley, crear repúblicas de taifas y dejar a la ciudadanía con menos posibilidades y más recortes cada jornada. En contraste, los europeos, queriendo borrar fronteras por una parte y despenalizado las eutanasias por otro, que se borren los valores humanos, que predominen sólo los valores rentables desde la perspectiva del dividendo. Y los que miran aún más lejos, en el empeño de la globalización dominada por el capital, dependiente, por descontado, de los ordenadores y, por supuesto, con el riesgo de que un buen –mal- día se estrelle el sistema y nos estrellemos todos con él.

domingo, 2 de febrero de 2014

El avaro y el jornalero



El avaro y el jornalero
Antonio García Velasco

Los bancos, avaros donde los haya, están declarando, aclamando, proclamando sus millonarios beneficios, superiores a los años anteriores. El dinero de los bancos parece ignorar su función social, la humana solidaridad (no le pidamos peras al olmo, y menos al olmo viejo, hendido por el rayo de la ambición y en su mitad podrido).

Tales declaraciones, aclamaciones, proclamaciones me han hecho recordar la vieja fábula (de Fábulas de Juan E. Hartzenbusch), titulada El avaro y el jornalero. Nos cuenta la historieta de que “Todo su caudal guardaba / cierto avariento cuitado / en onzas de oro, metidas / en un puchero de barro”. No se sentía seguro el hombre con tanto dinero en casa y “Por tenerlo más seguro, / fue con su puchero al campo: / al pie de un árbol cavó, / y lo enterró con recato”. No es el proceder de los bancos, ciertamente. Muy al contrario, ahora, quienes pueden ahorrar unos eurillos se van al banco y los dejan allí, para que el banco los guarde, les cobre por guardárselos o comercie con ellos para mayor beneficio bancario.

Frente al avaro, “Amaneció al otro día / hambriento y desesperado / un jornalero, sin pan / ni esperanza de ganarlo”. Sin esperanza de ganar el pan de cada día, ¿cuántos tenemos en estos momentos? Y tan desesperados, quizás, como el de la fábula que “Sacudió las faltriqueras, / y hallando en una unos cuartos, / sale, se compra una soga, / y enseguida, como un rayo, / se va al campo a que le quite / los pesares el esparto”. No era la solución, sin duda, aunque la hayan escogido algunos desdichados.

“Trataba de ahorcarse, en fin, / y escogió para ello el árbol / que era del tesoro en onzas / inmóvil depositario”. Para el avaro el pie de aquel árbol fue el presunto entierro de su intranquilidad, para el jornalero sin trabajo, el consuelo sería una rama alta de la que colgar la soga. Pero… “Al afianzar de un rama / bien la soga el pobre diablo, / se le hundió en el hoyo el pie / y halló el puchero enterrado”.

Celebró su suerte con entusiasmo desmedido: “Cogióle, besóle y fuese”. Había cambiado su vida ante el hallazgo inesperado. Mas el avaro no vivía tranquilo  “y corriendo a corto rato / sus preciosas amarillas / vino a visitar el amo. / La tierra encontró movida, / y el hoyo desocupado; / pero de puchero y onzas / no vio ni sombra ni rastro”. ¡Oh, desesperación del avaro arruinado! Un rescate, por favor, un rescate, aunque les cueste bajada de sueldos, bajada de pensiones, recortes indecibles al resto de los mortales del país. Pero no estaba el mundo para rescates y el avaro “Reparó en la soga entonces, /y haciendo a la punta un lazo, / se ahorcó para no vivir / sin sus tesoro adorado”.

La moraleja no se hace esperar y, al contrario que en la vida real. “Así el puchero y la soga / mal o bien se aprovecharon: / él en un hambriento, y ella / en el cuello de un avaro”.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad 2013



José emigrante
Antonio García Velasco

José, el diplomado en manipulación técnica de la madera, no tenía trabajo. Le acababa de nacer un hijo y, ante la amenaza del hambre herodiana, decidió emigrar al extranjero. Su esposa, María, le mostró sus temores:

-Es un niño demasiado pequeño para tan largo viaje…

-Peor es la amenaza del hambre herodiana. Son demasiados los niños que están muriendo de hambre, muchos más los que, por falta de recursos en la familia, sufren malnutrición. No quiero que nuestro hijo muera de hambruna. Con los pocos ahorros que tenemos, podremos viajar a Egipto. Este país está viviendo años de prosperidad… Están pidiendo especialistas como yo… Nos vamos, María, nos vamos. No me faltará el trabajo y nuestro hijo crecerá alimentado en condiciones.

-Lo que tú digas, José –se resignó María.

Comenzaron los preparativos del viaje: las bolsas con la ropa, el hatillo de la criaturita de tan pocas semanas, un par de zurrones con comida… No les quedaba otra alternativa que caminar. A ratos podrían ir, sobre todo la mujer con el niño, montados en la burrilla que tenían en casa. Emprendieron el viaje.

Un día pasaron por un huerto donde lucían las naranjas más jugosas… José y María se miraron, sin atreverse a coger una… Apareció el guarda o dueño del naranjal.

-Denos una naranja, buen hombre, que venimos muertos de sed.

-No veo –dijo el hombre-. Entre usted mismo y coja las que desee. Naranjas hay de sobra para mí y para mi familia. Cójalas de las más gordas, que son las más jugosas.

José fue a recoger un cesto de naranjas. Mientras tanto, María preguntó al hortelano:

-¿Qué le ocurre, buen hombre?

-No veo bien, apenas los bultos.

-Le daré un ungüento que llevo por si mi hijo lo necesita. Debe ponérselo de modo que le entre en los ojos. Mejor, permítame que se lo ponga yo.

María dejó al niño que llevaba en los brazos reclinado sobre unas pajazas del suelo. La burra, desde que pararon, se dedicaba a hurgar entra la maleza en busca de yerbas comestibles. La mujer se acercó al hombre y untó la pomada en sus ojos. Comenzaron a correr lágrimas por los lacrimales del ciego… Se restregó intensamente.

-¡Veo! –gritó al poco. Buena mujer, me has devuelto la vista. Gracias, muchas gracias.

En esto volvió José con su cesto repleto de naranjas.

-Muchas gracias, buen hombre –dijo al hortelano, que ya se alejaba corriendo y dando gritos de alegría.

-¿Qué le ocurre?

-Le he puesto el ungüento en los ojos y ha recuperado la visión… Supongo que va a comunicárselo a su familia.

-Debemos seguir el viaje –dijo José.

Y hacia Egipto continuaron. El marido, con su báculo, caminando. La mujer, subida en la burra,  con un bebé en brazos, huyendo de la hambruna que mata, como Herodes, a los inocentes. La pregunta siempre es la misma: ¿Mejorarían las condiciones de vida en un país extraño? Se arriesgan los desempleados a marchar lejos, adentrándose en lo desconocido, en busca de un incierto trabajo, su único medio de honrada supervivencia. Mientras, los ricos se refocilan en banquetes y orgías, nadando en una abundancia que no merecen, en una abundancia que las leyes y los gobiernos protegen frente a millones de parados. Faltos estamos de ungüentos que nos curen la ceguera. O acaso, la curan sólo a quienes ya poseen el don de la generosidad, la solidaridad, el sentido de la justicia. Como el hortelano de este cuento.